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No he descubierto Costa de Marfil, he sido marfileña

Actualizada el 21 May 2018

Hay muchas formas de descubrir un país, pero ninguna como mezclándote con sus gentes, viviendo su día a día y compartiendo sus rutinas.

Costa de Marfil se presentaba como una gran experiencia. No encontrarás guía Lonely Planet sobre él, por más que investigues no lograrás definir unas visitas turísticas y tampoco abunda la información general sobre este ‘trocito’ de África Occidental.

Aunque se trata de un país poco frecuentado por turistas, cuenta con unas características que a mi parecer lo convierten en un país idílico donde el viajero amante de África podría encontrar un lugar perfecto como destino. Cuenta con más de 500 kilómetros de costa, lo cual se traduce en extensas playas donde relajarse y disfrutar de su cálido clima. También con varios parques naturales y selvas que te hacen espectador de la naturaleza más virgen. Su antigua capital y actual capital económica, Abidjan, concentra la mayor parte de su población y por tanto, de cultura y tradición aún sin corromper por el mundo occidental. Si quieres disfrutar de la naturaleza y sumergirte en los ambientes reales que ofrece África, Costa de Marfil no te dejará indiferente.

Mi experiencia comienza en Madrid, donde en el mismísimo mostrador de Iberia de la T4, me doy cuenta de que estoy en lo cierto: no se trata de un destino turístico habitual. La chica que nos atiende y que debe encargarse de facturar mi mochila y facilitarme la tarjeta de embarque, duda al ver nuestro destino y decide hacer una llamada debido a su desconocimiento preguntando por ese “país de nombre raro” al que voy, haciendo conjeturas sobre cómo se pronunciará (en la tarjeta pone Cote d’Ivoire, en francés) y finalmente aceptando el hecho de que sí, ella no lo conoce y yo voy sin visado pero con un documento pagado y aprobado por las autoridades pertinentes que dice que en el propio aeropuerto de Abidjan, mi destino final, me lo facilitarán.

Tenemos la suerte de comenzar esta experiencia de la mano de un amigo marfileño, que nos recibe y se encarga desde el minuto uno de hacernos un hueco en su vida, en su familia y en su barrio.

Y es que podía haber visitado sus monumentos y sus museos (al igual que en muchos países africanos, no hay un gran número de éstos), haber paseado por sus calles y recorrido sus extensas playas, pero en lugar de eso he vivido cómo familias que sobrepasaban los 20 miembros me abrían sus puertas y me mostraban agradecidos sus costumbres y tradiciones. He convivido con la sencillez de quien comparte lo poco que tiene y es feliz con ello, con el día a día de quien entra y sale de las casas del barrio, juega pachangas en la calle, va a trabajar y vuelve para cenar, y todo ello siendo tratada como una más de la familia.

He vivido el duro ramadán y también la fiesta que le precede: una experiencia única. He hecho la compra en el mercado, frecuentado puestos de amigos y familiares y he visto cómo reinaba la alegría y expectación al ver llegar en camionetas los corderos que comerían esa misma noche. He hecho amigos que me han rebautizado como “Aisha” y he me reído mucho comparando y compartiendo tradiciones. He dejado pasar las horas simplemente observando y mezclándome con su gente, aprendiendo y creciendo.

He disfrutado de muchos “privilegios” por el mero hecho de ser europea y ser su “invitada”. He comido en mesas rodeada únicamente de hombres. Mesas repletas de comida preparada por mujeres, que después, apoyándose en cultura y religión, eran apartadas a comer a un lado, en otro lugar, en otra mesa, estancia, o en el suelo. Y sí, he vivido muchas situaciones injustas y complicadas. Ha sido un reto constante. Un ejercicio de superación y comprensión. Escuchar y observar sin juzgar. Aprender de todo lo que me rodea.

En Costa de Marfil me he reencontrado con el África pura que solo descubrí en el poblado donde hace años tuve el privilegio de vivir, en Port Reitz, Mombasa. El África lejos de la explotación turística. El África real. Me he reenamorado de su cotidianidad y no encuentro palabras para tanta bienvenida, tanta hospitalidad, tanta sencillez y calidad humana.

Y sí, podría hablaros también de sus colores, que están tan vivos como ellos. De cómo con sus ropas consiguen transmitir lo que son: fuertes, alegres, cálidos, valientes, puros. Pero creo que todas estas imágenes valen más que mil palabras.

África, cuánto te echaba de menos.

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Carmen Mantecón

¡Hola! Soy Carmen, la chica que está detrás de esta página. ¡Mil gracias por leerme! Si te ha gustado no dudes en dejarme un comentario por aquí abajo... ¡Estaré encantada de saber de ti! Este blog nace de mi pasión por los viajes, y es que hace ya tiempo que descubrí mi propia fórmula de la felicidad: ¡viajar! Desde entonces, lo hago siempre que puedo, y aquí encontraréis algunos consejos y experiencias sobre mis aventuras. ¡Bienvenidxs!

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